Querido diario:

Ha pasado un mes desde que se decretó el Estado de alarma en nuestro país y la ciudadanía sigue confinada en sus casas. Mis puertas siguen cerradas al público y en mis pasillos solo se escucha el silencio. Las obras de arte que descansan en mis paredes me han contado que se ven reflejadas en cada persona que se queda en casa. Hoy, como museo, he observado mi colección y he recordado a mis visitantes. Los he imaginado esforzándose por desarrollar el ingenio y la imaginación, reinventándose para adaptarse a esta situación. Mis obras me han servido para poner imágenes a una etapa completamente nueva para todos y me he dado cuenta de lo útiles que somos los museos para contar la historia de nuestra sociedad.

Para muchos de mis visitantes, el confinamiento ha traído muchos momentos en familia, horas de trabajo en la cocina preparando los platos más elaborados, conservas, aperitivos y muchos dulces.

Cocina ansotana. Sección de etnología. Sede de etnología. Casa pirenaica. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Para otros, la cuarentena ha supuesto un encierro con uno mismo y en soledad, ofreciendo la posibilidad de mirar hacia el interior y transitar por una nueva experiencia de vida.

Alma felina, Juan José Gárate, 1901-1950. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Han aumentado los entretenimientos de toda la vida (lectura, costura, pintura y escritura) junto a las actividades del bienestar y el antiestrés, como método para sobrevivir al día a día con salud física y mental.

Mi amigo Portillo, Joaquín Sorolla, 1901-1925. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Los retos de esta etapa han ido desde la educación en casa y el entretenimiento de los pequeños hasta el teletrabajo. Se han vivido momentos de tensión en muchos hogares, pero también de infinita ternura, compartiendo más tiempo con los hijos y mostrándoselos a los abuelos en forma de foto a distancia.

Virgen con Niño, 	Maestro de la Magdalena de Mansi, 1520. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Son muchos los días en que pensamos huir a nuestras segundas residencias y sentir el sol en la cara, pero ya queda menos para ver el cielo y casi tocarlo con las manos.

Caballo arabe del Conde Bobrinski, Francisco Pradilla, 1880. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Por fin somos un poco más conscientes de la importancia del campo, que produce los bienes que nos alimentan; pero nos preocupa el cierre de la industria y confiamos en el suministro de los alimentos y bienes de primera necesidad. Agricultura, ganadería y pesca, transporte y comercio están en nuestras conversaciones más que nunca y agradecemos su trabajo cada vez que vamos al supermercado.

Segadores, Juan José Gárate, 1901. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Todo este tiempo nos sigue cuidando el personal sanitario, las farmacias están abiertas, los servicios de limpieza continúan y la policía vela por nuestra seguridad. Los servicios mínimos pero esenciales siguen funcionando aunque no los veamos.

Retrato del capitán Ginés, Fco. Marín Bagüés, 1908. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Todos sabemos que esta situación acabará y volverán las fiestas y celebraciones al aire libre. Muy pronto podremos disfrutar de la primavera y de algún baño veraniego, ya soñamos con ello…

El Ebro, Fco. Marín Bagüés, 1934-1938. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

Querido diario, estoy convencido de que la mayor parte de mis visitantes recordarán estos días durante mucho tiempo. Seguramente, su recuerdo será una imagen de balcón junto a las miradas cómplices de quienes saben que todo pasará y lo bueno volverá.

Día de lluvia, Baltasar González Ferrández, 1897. Foto: José Garrido. Museo de Zaragoza.

MdZ